viernes, 13 de enero de 2017

Navidades Lejanas



 Estos son algunos de los recuerdos de las navidades de hace unos pocos años, cuando nuestras chicas del grupo de Redován eran niñas....

NAVIDADES LEJANAS por Josefa Galiana
Recordando la navidad de unos cuantos años atrás, la mañana de nochebuena nos juntábamos los vecinos para recoger la leña que había a las afueras del pueblo, para encender la cocina.
En seguida, las madres preparaban el puchero de café malta para desayunar, una buena taza de sopa que daba la vida y a esperar al medio día los seis hermanos, hasta que mis padres mataban al pavo.
Llegaba la cena de nochebuena y se preparaba la mesa para cenar un guisado de albóndigas, un buen plato de olivas partidas, rebanadas de pan tostado con aceite y sal.
Se bendecía la mesa y se rezaba el padre nuestro todos juntos. Después se pasaba el postre que era una bandeja de higos secos y almendras; estaba todo delicioso.
Mi madre nos cantaba los villancicos con una voz preciosa antes de irnos a la misa del gallo, todos juntos.
Después de misa, nos preparaba una taza de chocolate con pan tostado y nos quedábamos alrededor del fuego hasta que nos acostábamos.
No teníamos la abundancia de hoy, pero para nosotros que éramos unos niños y teníamos tanta ilusión por la navidad, todo lo que hacíamos y preparábamos ese día era una gran fiesta, que durante muchos años mis hermanos y yo celebramos con nuestros padres.
Josefa Galiana (Redován)



LA NAVIDAD DE MI INFANCIA, por Conchi Martínez
En casa era donde cada navidad mis padres, con mis tíos y primos y la abuela que vivía con nosotros, nos reuníamos para celebrarlas. Ellos criaban para esas fechas un cerdo y unpavo, mi madre días antes hacía dulces navideños.
Los preparativos y aquellas reuniones familiares son uno de los recuerdos más entrañables de mi vida, que siempre llevaré con mucho cariño en mi corazón.
Esas cenas y comidas, las risas, cantar villancicos, tocar las panderetas, nos hacían sentir en paz y armonía con todos y sobre todo con Dios.
No debo olvidar la parte religiosa que mis padres siempre nos enseñaron, ir a la misa de nochebuena y besar al niño, y al salir no faltaba una taza de chocolate con mona.
Antes de irnos a dormir colgábamos unos calcetines en la chimenea, dejábamos unos dulces para sus Majestades los Reyes Magos y agua y paja para sus camellos. Y ellos siempre nos traían caramelos.
Recuerdo con nostalgia y alegría aquellas inolvidables navidades con toda mi familia en el campo lleno de árboles, flores y un cielo azul precioso, los sueños e ilusiones nos abrazaban sin necesitar nada más para ser felices.

Conchi Martinez. 



NAVIDAD, por Vicenta (Redován)
Cuando yo era pequeña mis tías y primos venían a casa a pasar la nochebuena. Mi madre hacía guisado de pollo para cenar. Luego sacaba mantecados y castañas. Los más peuqeños íbamos de casa en casa tocando la pandereta y cantando.
Al otro día mi madre nos ponía limpios a los tres e íbamos por la orilla de la carretera a pedir el aguinaldo a mis padrinos. Vivíamos a las afueras de Rdován. Volvíamos tiritando de frío pero contentos porque nos dieron un real a cada uno, y era para nosotros un dineral, porque en aquellos tiempos había mucha necesidad.
Vicenta.


LA NAVIDAD, por Mari Carmen Rufete (Redován)
La navidad empieza el 24 de diciembre, “noche Buena”, para mí es un día inolvidable porque nació un hijo mío. Es la conmemoración más feliz de mi vida. Comí turrón y bebí sidra y también nos cantó la tuna villancicos.
Además, es alegre y bonita, se ven las calles llenas de luces, con los árboles adornados y los belenes puestos en todas partes.
La navidad es tiempo de paz, alegría y felicidad en la tierra, por lo pronto son fechas muy especiales para mi familia.
M Carmen Rufete.

martes, 10 de enero de 2017

Diario de un monitor en apuros...



DIARIO DE UN MONITOR EN APUROS
Como monitor de la Escuela de Mayores me siento muy satisfecho de contar con el grupo de alumnas y alumnos que participan este año en el proyecto. Por mucho que intento llegar cada día unos minutos antes al salón para sorprenderles no hay forma de conseguirlo. Por mucho que madrugue, ellos y ellas ya están allí esperándome.  “¡Te hemos vuelto a ganar!” me dicen, y es verdad. Pero no hay forma de tomárselo a mal, al contrario, me sonrío de pensar las energías y las ganas que traen de empezar la sesión. Y el buen humor que derrochan.

Da igual su edad, la vida más o menos difícil que han tenido, sus achaques y sus numerosas tareas que a pesar de sus circunstancias todavía tienen que cumplir cada día. Llueva o truene, ellas y ellos aparecen antes de la hora indicada dispuestas a dar lo mejor de sí mismas.
Alguna también llega tarde, aunque sea un poco de retraso. Pero siempre hay una buena excusa. Cuando no es el médico, es la farmacia, y cuando no  es que se han tropezado con la vecina de camino y se han puesto a hablar. A veces, inclusive, es que se les ha olvidado que tocaba taller y se han acordado a última hora: “¡Es que no sé ni en qué día vivo!”.

Ya desde el minuto uno del taller se ponen a ejercitar el músculo, pero no el del cerebro, sino el de la lengua. “Señoras, por favor! Que luego se me quejan de que se les olvidan las cosas y es que no prestan atención a lo que digo!!” y se ríen, pero siguen hablando entre ellas. En las meriendas y en los almuerzos que de vez en cuando organizamos sí se hace el silencio, porque tienen la boca ocupada en comer o en beber. Y todos los años les amenazo en tono jocoso con lo mismo: “voy a tener que llevar comida a los  talleres para que estéis en silencio y me escuchéis”. Y se vuelven a reír. 

Me gusta que en el taller haya risas. El buen humor me parece fundamental. Les motiva a asistir cada semana y por otro lado les anima a participar en las actividades que propongo. Es una buena manera de motivarlas y hacerles olvidar aunque sea por un ratito, los muchos disgustos y penas que arrastran.
El momento disgustos y penas es al final del taller. Como si se sintieran en deuda conmigo se me acercan para explicarme lo mayores que están, los huesos que les duelen más o la mala suerte que han tenido en la vida. Es su momento de terapia, de sacar las cosas negativas de dentro y airearlas, y yo las escucho con mucha atención y las intento animar. Se van más tranquilas y contentas, porque yo sé que el simple hecho de exteriorizar sus sentimientos ya es relajante y terapéutico.

Pero no siempre es todo bueno y bonito. A veces llegan también las quejas. Especialmente cuando hay que ponerse a trabajar. Les reparto un texto: “¡uy, qué largo!”; les encargo un ejercicio para casa: “¡madre mía, qué difícil!”; les pido una redacción para el siguiente día: “¡pero si yo no  sé casi escribir!” y así es el ratito de las quejas y lamentos. Lo más curioso es que al corregir las tareas siempre lo hacen bien, casi sin esfuerzo. Se quejan por costumbre pero luego les encanta hacer la tarea. Y se sienten orgullosas/os y quieren ser las primeras/os en corregir y si alguien se equivoca en algo  se oye un murmullo de comentarios en la sala. Y lo peor ocurre cuando soy yo el que se equivoca en algo, porque yo seré muy monitor pero también soy muy persona humana y me equivoco como cualquiera. Cuando “el profe” es quien se equivoca entonces ese murmullo se vuelve atronador. Y claro, como tienen razón no les puedo decir nada y me toca recibir la cariñosa bronca.

Pero no me puedo quejar. Se siente el cariño que me tienen (y que es recíproco). No solo con su forma de tratarme, de hablarme, de comportarse conmigo. También hay días que me sorprenden con un piropo, con un guiño, con una sonrisa. Y, aunque me dé mucha vergüenza, tampoco es raro el día que me han dedicado un poema, un dibujo, una manualidad o una frase para la prosperidad.
Cuando digo que creo tener  el mejor trabajo del mundo, lo digo totalmente convencido. Porque tengo el mejor trabajo del mundo, y a las mejores y los mejores usuarios/as del mundo.
Juanma.

lunes, 2 de enero de 2017

Felicitación de navidad


¿Quién dijo que la navidad es sólo para los niños?  Aquí tenéis la confirmación de que mayores y pequeños nos ponemos alegres, divertidos, nostálgicos o bonachones en estas fechas...

Y como son fechas especiales, desde la Escuela de Mayores queremos enviar a todo el mundo nuestra particular felicitación de navidad... Esperamos que os guste.

Feliz navidad y próspero año nuevo 2017!!!

miércoles, 30 de noviembre de 2016

MI LLEGADA A LA ESCUELA



Mi historia en la Escuela de Mayores, por Josefa Galiana (Redován)

Desde hace unos cuantos años estoy viniendo a la Escuela de Mayores. Yo lo primero que quiero decir es que me gusta muchísimo desde que empecé, a primeros de octubre.
Estoy deseando que llegue el día y a mí me gustaría que durara todo el año. Tengo que decir que me costó mucho empezar a venir porque yo de pequeña casi no fui al colegio, pero una amiga que venía también a la escuela me animó mucho y además, cuando lo dije en mi casa, mi familia me dijo que no me lo pensara, que me lo iba a pasar muy bien y que seguro que iba a aprender muchas cosas nuevas.
Desde entonces tenemos varias actividades: manualidades y más. Nos hemos reído mucho y lo que más me gusta es que lo pasamos muy bien todas las compañeras, y aparte de esto siempre nos han guiado los profesores que durante todos estos años han sido varios, todos estupendos. Han tenido una paciencia infinita, además con una sonrisa para todas por igual. Para mí son siempre un ejemplo por cómo se comportan, como el profesor que tenemos este año, un chico que se llama Juanma, con unas ganas de trabajar contagiosas.
Estoy deseando que llegue el lunes para venir a la escuela. Desde aquí animo a todas las personas mayores que se animen y vengan porque es de las cosas más bonitas que pueden hacer.


CUANDO YO ERA PEQUEÑITA...



MI JUVENTUD, por Cándida Martínez (Redován)
Mi juventud la pasé en la huerta. Me gustaba mucho subir a las moreras a coger moras, higos de la higueras, tomates, alcachofas y también cogía dátiles, que era mi oficio: subir a las palmeras. Jugaba a la trompa con los chicos de la huerta. Cuando era verano nos bañábamos en la balsa de coser el cáñamo sin ropa, porque el agua estaba verde y si me bañaba con la ropa también se ponía verde y me madre me castigaba.

CUANDO YO ERA PEQUEÑA, por Adelaida Sánchez (Redován)
Cuando yo era pequeña había poco para comer. Cogí un trozo de nicho para comérmelo, con qué corazón me diría mi madre que lo dejara para mis hermanas que eran más pequeñas que yo. Antes, que no había para comer, podía comer y ahora que ya puedo comer no puedo comer tanto. “Alifoque” que tiene uno. No puedo tomar nada de azúcar y nada con sal, con el estómago no puedo comer tampoco nada de verdura.

LA COMUNIÓN  por Josefa Ballesta (Redován)
Era un 18 de marzo, al día siguiente iba a hacer mi primera comunión, y mi madre había hecho migas de pan. Me dijo mi madre “Fina, bebe agua porque a partir de las 12 de la noche no puedes”. Yo estaba muerta de sed y no podía beber. Después tenía que ir a Orihuela por la orilla y cuando veníamos para acá entramos a una casa a pedir agua porque estaba muerta de sed y de hambre por el camino. Había palmeras y cogíamos dátiles.





Cuando yo tenía 7 años mi madre me llevó a la escuela para ver si aprendía algo a leer porque hace 75 años eso de que las chicas supieran leer se usaba poco. Yo aprendí un poco, y además hice la primera comunión. Y después de eso a trabajar las tareas de la tierra, ya que mi padre era agricultor.
Carmen Villena, San Miguel.

Yo fui a la escuela hasta los 11 años. La maestra nos ponía la tabla de multiplicar y la que no la sabía, la ponía de rodillas todos los días hasta que la supiera. Y por la tarde nos ponía a hacer primores.
María Sánchez, San Miguel.

Cuando era pequeña empecé a ir a la escuela de la maestra Doña María, con mi hermana. Tendría 3 años. Y después empecé, no sé si con 5 o con 6 años, hasta los catorce. Y después me fui a trabajar al campo.
Carmela Patiño, San Miguel.

Me gustaba poco leer y la maestra me decía “Josefina, ven a leer” pero yo siempre me escabullía y no iba. Mi madre, después, me mandaba a clases particulares para que aprendiera algo. Sé más leer que escribir.
Josefina Garre, San Miguel.
A los 8 años tomé la comunión con un traje que me hizo una prima mía que era modista, y me puse muy contenta porque el traje era muy bonito. Es lo más bonito que me ha pasado.
Isabel, San Miguel.


MI INFANCIA, por Conchi Ros (Algorfa)
Nací en Algorfa. Soy la mayor de tres hermanos. Empecé a ir al colegio a los 6 años. Mi primera profesora se llamaba Carmen. Era muy buena profesora. Me acuerdo de mis amigas del colegio: Loli, Teresa, Carmen…
Cuando terminamos de ir al colegio a los 14 años empezamos a ir en bicicleta a la fábrica a Almoradí.
En la actualidad, vivimos las 4 aquí. Son recuerdos muy bonitos que no se olvidan.
Conchi Ros.
 

LA HISTORIA DE MI INFANCIA, POR Manuel Penalva (Algorfa)

Nací en la huerta de Dolores, en la casa de mis abuelos maternos. A la edad de siete años mis padres compraron una casa en Almoradí.
Al año siguiente comencé a trabajar en un molino, para moler trigo y maíz. Yo madrugaba ya que mi trabajo consistía en limpiar el molino.
Me pagaban con dos kilos de harina y el almuerzo. Con esa harina mi madre hacía migas o sémola.

Empecé a trabajar muy joven para ayudar a mis padres.
En la familia éramos cuatro hermanos, tres varones y una hembra. El primogénito falleció a la edad de diez años.
Fui al colegio durante un año, mi maestro fue Don Manuel Pineda, como comencé a trabajar muy joven no pude asistir más tiempo al colegio. Lo que yo aprendí me lo enseñó mi padre, por las noches cuando yo terminaba de trabajar. Me enseñaba a leer y a escribir. Y también aprendí solfeo. A la edad de doce años ingresé en la Unión Musical de Almoradí.
Manuel Penalva.



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Recuerdo que mi niñez fue bonita, con todos mis hermanos siempre jugando. Éramos 5. Más tarde ya íbamos al colegio y después a ayudar en casa a mi madre, en las tareas. Mi primera comunión, un día de muchos recuerdos.
Fina, San Miguel.

Nací el 7 de abril de 1942 en el campo, con una comadrona, a la luz del candil, un martes. Cuando me bautizaron un domingo no había cura y tuvieron que volver el lunes. No tenía padrinos y fue el sacristán y una tía mía los padrinos.
Me crié con mis abuelos y mis tías, cuando hice la primera comunión fui un mes a la escuela para enseñarme a rezar, y ya no fui más.
Me enseñó un maestro que iba por el campo dos veces a la semana, era una cría muy tímida.
Conchita, San Miguel.

Me acuerdo mucho de un chico que conocí y estuve bastante tiempo saliendo con él. Me lo pasaba muy bien. No nos peleábamos. Él se fue a hacer la mili. Al cabo de mucho tiempo lo volví a ver. Me puse muy contenta de volverlo a ver. Ahora no sé de él, pero todavía me acuerdo.
Carmen Ferrer, San Miguel.

Soy Carmen, me crié en la huerta de Callosa. Somos seis hermanos. Yo quería ser modista pero no fue así. Me crié con mi familia y fui muy feliz jugando con las muñecas, luego fui al colegio a Rafal a los siete años. Hice la primera comunión y nos venimos a vivir a San Carlos, y estoy muy feliz con mi familia.
Carmen González, San Carlos (Redován)